Repasando la historia de los países del llamado Tercer Mundo, es posible apreciar que la versión edulcorada de los descubrimientos geográficos y científicos por parte de las culturas eurocéntricas, que por supuesto llegaron acompañadas de un colonialismo depredador, no es tal como nos la contaron, está plagada de mitos autoreferenciales de dudosa autenticidad.
Más allá de atribuirse el derecho de disponer del mundo, conocido y desconocido, los imperios se construyeron sobre la base de esos mitos, hasta que la realidad les pegó una cachetada que resonó en todo el mundo. La historia de África escrita por los colonialistas te habla de David Livingstone (1813/1873) o de Cecil Rhodes (1853/1902) pero no te habla de los africanos que entraron en la historia por la puerta grande.
A principios del siglo XIX, la figura hoy legendaria de Shaka Zulu, nativo de Natal en lo que hoy se conoce como Sudáfrica, desarrolló un sinfín de armas de puño y cuchillos, estudió el mejor diseño y distribución del peso en las lanzas y las tácticas para lanzarlas a la mayor distancia, practicó tácticas de guerra de guerrillas atacando con pocos hombres a aldeas enemigas vecinas, era el único líder que elaboraba tácticas diferentes para cada enemigo o terreno, fue el primero en utilizar el ataque de pinzas copiado hasta el cansancio 100 años después en la Primera y Segunda Guerra Mundial, frenando por años la ocupación del sur de África por parte de los europeos.

En esa región del continente africano, poco más seis décadas después de Shaka Zulu, el imperialismo británico sufriría la mayor humillación de su historia. El 22 de enero de 1879, los zulúes conducidos por el rey Cetshwayo Kampande (1826/1884) vencerían en la batalla de Isandlwana, en lo que algunos historiadores llaman la segunda guerra anglo-zulú, donde se cayó a pedazos el mito que decía que los ejércitos coloniales no podían ser derrotados por fuerzas autóctonas en razón de la superioridad de su armamento y tecnología militar.
Los historiadores hegemónicos afirmaron que esa había sido una casualidad que no se volvería a repetir. Pero dos décadas después, el 29 de febrero de 1896 el general italiano Oreste Baratieri, al frente de un ejército de 20.000 hombres dividido en cuatro brigadas, y 56 piezas de artillería, fue vencido por Menelik II, bautizado como Sahle Maryam, rey de Abisinia, en el transcurso de la primera guerra ítalo-abisinia, en lo que se conoce como la Batalla de Adua. Marcus Mosiah Garvey (1887/1940) líder jamaiquino, decía a propósito de la gesta de Adua: “ahora podemos regresar al continente madre, porque hemos demostrado que es posible”. Por eso, cuando se fundó la Organización para la Unidad Africana en 1963, Etiopía y Addis Abeba se convirtieron en su sede lógica.

En el sudeste asiático se libró una de las guerras independentistas más largas de la historia. En 1946, comenzó en Vietnam la lucha contra el imperialismo francés, que había salido maltrecho de la 2ª Guerra Mundial. Luego de 8 años de cruentos combates, el norte de Vietnam se libera del yugo galo en la batalla de Dien Bien Phu el 7 de mayo de 1954, gracias a la conducción de un campesino devenido en militar, Vo Nguyen Giap (1911/2013). El sur de Vietnam debería esperar un poco más, y luego de una sangrienta guerra donde Estado Unidos con toda su tecnología y poderío no pudo doblegar al pueblo vietnamita y el 30 de abril de 1975 se produjo la caída de Saigón y luego se reunificó los dos Vietnam en uno solo.
De todas maneras, la victoria de Vietnam del Norte abrió muchas expectativas en el resto de las colonias francesas de lo que llamaban Indochina, que de a poco se fueron liberando después.
En 6 de agosto de 1945, en los festejos por el fin de la 2ª Guerra Mundial, miles de argelinos fueron baleados por el ejército francés, porque en los festejos llevaban una bandera que reivindicaba la independencia el país. En 1962, tras los Acuerdos de Evian, Argelia alcanzó la independencia luego de una larga lucha contra el imperialismo francés, magistralmente retratada por Gilio Pontecorvo en la película “La batalla de Argelia” (1966). De nada valió la tortura sistemática de los paracaidistas de Massouh ni los atentados de la OAS (Organización de la Armée Secrete), una organización clandestina de militares coloniales.

En décadas posteriores, las tácticas de los militares franceses en Argelia fueron trasladas a América Latina y se consolida con el establecimiento en la Argentina de una misión militar francesa permanente en febrero de 1960, como bien lo explica la periodista de investigación, directora y escritora francesa Marie-Monique Robin: «la doctrina que la dictadura aplicó en la guerra sucia nació en las selvas de Indochina y las calles escarpadas de Argel. Fue concebida por el ejército francés para sus guerras coloniales e importada por sus discípulos argentinos sin reflexión sobre sus consecuencias. Hasta el concepto de subversión fue importado. Los franceses también instruyeron al ejército de los Estados Unidos, que aplicó las mismas técnicas en Vietnam”.
Los vientos que soplan hoy en América Latina no son muy favorables a los cambios sociales. Neoliberalismo criminal en Ecuador y Argentina, Estados Unidos atacando a los líderes de los países que no comulgan con sus ideas como Gustavo Petro en Colombia y Luis Inacio Lula Da Silva en Brasil, pero como dice un viejo refrán, “no hay mal que dure 100 años”.
