A uno se le vienen a la cabeza muchas imágenes cuando piensa en el título, pero quizás las más dolorosas son las de vendedores ambulantes que fabrican sus propios productos con las pocas monedas que le quedan, y la policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se los decomisa inmisericordemente.
Su llanto no es sólo físico, es del alma también. Hay otros, como los enfermos de cáncer que se van muriendo en silencio porque ya no tienen fuerzas ni para llorar y mucho menos para gritar.
Después está el desconsuelo de los que van día a día engrosando la cada vez más numerosa columna de desocupados. Durante el gobierno del domador de reposeras se instaló el discurso de que los empleados estatales eran “ñoquis”. La gestión Milei (de algún modo hay que llamarla) reeditando el lema del Ing. Álvaro Alsogaray “hay que achicar el Estado para agrandar la nación”, profundizó el genocidio laboral del macrismo desguazando el Estado, buscando además perjudicar todo lo posible a la sociedad civil con la apertura indiscriminada de las importaciones, medida que ha traído dos consecuencias nefastas: empresas que cierran porque no pueden competir con lo importado, y empresa que cambian de rubro, y de productoras y/o exportadoras, se dedican a la importación; en ambos casos, queda también el tendal de desocupados.
Los que todavía tienen algún tipo de trabajo registrado, están sometidos a una reforma laboral leonina donde todo son obligaciones y nada derechos, quedando los trabajadores a merced de la voluntad omnímoda de patrón o de los patrones.
En esta trágica saga, se inscribe el ataque a la universidad pública, de la que han salido la mayoría de los premios Nobel: Carlos Saavedra Lamas, Bernardo Alberto Houssay, Luis Federico Leloir, Adolfo Pérez Esquivel y César Milstein. El Dr. René Favaloro no tuvo esa dicha, pero dejó bien el alto el prestigio de la Argentina con el invento del by pass, y también salió de la universidad pública.
Desfinanciarlas desconociendo la voluntad popular expresada en una ley votada por el congreso, es un desborde autoritario peligroso que preanuncia otros desbordes no menos graves, en medio de una interna feroz del oficialismo gobernante que es más un simulacro de gobierno que otra cosa.
Para oprobio de buena parte de la ciudadanía, el voto negativo de la Argentina en las Naciones Unidas contra la condena al tráfico de personas esclavizadas y la trata de personas. En cierto modo, ese voto es coherente: si promueven una legislación laboral que esclaviza a los trabajadores, no pueden estar contra el tráfico de personas.
Por eso no se entiende muy bien lo que quiso decir días atrás una conocida figura política como es Aníbal Fernández. Puntilloso en extremo, según él revisaría punto por punto lo hecho por Javier Milei, derogaría lo que está mal y dejaría lo que está bien. No explicó en dicha definición, que es lo que él veía bien.
Hoy por hoy, Argentina es el único país en el mundo que tiene un Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado, conducido por un funcionario que es, o ha sido, un experto en gestiones negativas bajo los gobiernos Eduardo Angeloz cuando era gobernador de Córdoba (era su asesor en Economía) de Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Mauricio Macri, amén de su paso por el Banco Ciudad entre 2008 y 2013.Cuando finalice su gestión, este país tendrá lo que se conoce como un Estado Mínimo, si es que algo queda.
La frase del título es un verso de la obra monumental de Alfredo Zitarrosa, publica en 1977. En ella se habla, entre otros temas, con dolor, del exilio. Lo que estamos viviendo se ajusta más al concepto que algún momento expresara Juan Capagorry de “insilio”, al que nos lleva un estilo chabacano de gobierno donde el insulto, la descalificación y el ingenio del odio están a la vuelta de la esquina.
