El Gobierno nacional consiguió en la Cámara de Diputados la media sanción de uno de los proyectos más simbólicos de la gestión de Javier Milei: la denominada “ley hojarasca”, una iniciativa impulsada por el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, que propone derogar cerca de setenta leyes consideradas obsoletas, anacrónicas o carentes de aplicación práctica.

La propuesta se presenta como un nuevo capítulo de la política de reducción del Estado y simplificación administrativa que el oficialismo resume bajo una palabra convertida ya en emblema de gestión: motosierra. Pero detrás del discurso de eficiencia burocrática, el proyecto también abre una discusión más profunda sobre el alcance del Estado, el sentido histórico de ciertas normas y la delgada frontera entre modernización y desmantelamiento.

Desde el Ministerio de Desregulación sostienen que muchas de las normas alcanzadas por la iniciativa quedaron vacías de contenido hace décadas, desplazadas por nuevas tecnologías, reemplazadas por legislación posterior o directamente jamás reglamentadas. Bajo esa lógica, el Estado conservaría un entramado legal enorme, disperso y muchas veces inútil, que sólo agrega complejidad administrativa y costos innecesarios.

El argumento central del oficialismo se apoya en un principio liberal clásico: aquello que la ley no prohíbe no requiere autorización estatal expresa. Por eso, dentro del paquete aparecen derogaciones que rozan lo insólito y que rápidamente captaron la atención pública. Entre ellas, la ley que habilitaba las transmisiones de televisión en color, la obligatoriedad del carnet de mochilero para hacer turismo “a dedo” o la inscripción estatal de palomas mensajeras de carrera.

Sin embargo, el proyecto no se limita a curiosidades legislativas. También elimina organismos, fondos específicos, premios financiados por el Estado y estructuras consideradas redundantes. Entre los alcanzados aparecen el financiamiento estatal al Círculo de Legisladores, el Consejo Federal de la Juventud, programas culturales, incentivos turísticos y diversas comisiones creadas durante gobiernos de distintas épocas.

En paralelo, el oficialismo apunta contra normas que considera incompatibles con principios constitucionales modernos. Allí ingresan leyes que permitían internaciones compulsivas de personas con lepra, regulaciones policiales sobre reuniones privadas, privilegios especiales para legisladores o restricciones vinculadas a la propiedad extranjera en medios de comunicación.

El proyecto también deja expuesta una radiografía singular del Estado argentino: leyes nacidas hace más de un siglo y aún formalmente vigentes. Algunas reflejan otra época política, económica y cultural del país. Entre ellas sobreviven normas sobre microfilmación en el Ejército, beneficios para compañías de seguros agrícolas de fines del siglo XIX, estímulos a la explotación del carbón o fondos especiales vinculados al viejo servicio militar obligatorio.

La llamada “ley hojarasca” avanza así sobre un terreno sensible. Para el Gobierno, se trata de retirar capas acumuladas de burocracia inútil y adaptar el sistema normativo a la realidad contemporánea. Para sectores opositores y especialistas en derecho público, en cambio, el proyecto mezcla depuración normativa razonable con una mirada ideológica que utiliza la simplificación administrativa como vehículo para reducir capacidades estatales.

En ese punto aparece la dimensión política de la iniciativa. La administración de Javier Milei no sólo busca eliminar normas viejas: intenta instalar una concepción del Estado donde toda regulación debe justificar permanentemente su existencia. Lo simbólico, en ese marco, adquiere un peso central. La derogación de leyes extravagantes o anacrónicas funciona también como herramienta narrativa para reforzar la idea de un aparato estatal sobredimensionado y absurdo.

Entre las normas más llamativas incluidas en el proyecto aparecen:

• La ley que imponía el carnet obligatorio de mochilero para quienes viajaran solicitando ayuda de terceros.
• La regulación estatal de las palomas mensajeras y su inscripción en registros oficiales.
• La autorización legislativa necesaria para transmitir televisión en color.
• Beneficios especiales para ahijados presidenciales.
• Obligaciones para que medios estatales difundieran contenidos turísticos durante al menos una hora diaria.
• Premios nacionales financiados por el Estado para empresas privadas consideradas eficientes.
• Fondos y organismos creados para proyectos que jamás llegaron a concretarse.

La iniciativa todavía debe atravesar el Senado, donde el panorama legislativo aparece mucho más complejo para el oficialismo. Pero aun antes de convertirse en ley, el proyecto ya cumple otro objetivo político: exhibir con claridad el modelo de país que impulsa el Gobierno, uno donde la intervención estatal debe ser excepcional y no la regla.

En definitiva, la “ley hojarasca” no sólo elimina normas olvidadas. También desnuda una discusión de fondo sobre cuánto Estado necesita la Argentina y qué parte de su estructura jurídica representa una herramienta útil o simplemente el residuo de otra época.