“Pedí por Cristina, Axel”. “Queremos saber cómo vamos a liberar a Cristina”. Los gritos irrumpieron en plena exposición de Axel Kicillof durante un acto en La Plata y dejaron al descubierto una escena que, lejos de ser aislada, empieza a convertirse en síntoma: el gobernador bonaerense enfrenta una resistencia creciente dentro del propio universo político que pretende conducir.

La tensión ya no se limita a diferencias tácticas ni a discusiones de coyuntura. En distintos sectores del peronismo comienza a instalarse una percepción mucho más profunda: la idea de que el proyecto presidencial de Kicillof avanza en conflicto con buena parte de la estructura histórica del movimiento. Y cuando el peronismo percibe que alguien pretende construir poder sin articular consensos internos, las alarmas se encienden rápidamente.

En las conversaciones reservadas del PJ, el malestar con el gobernador y con sus principales operadores —Carlos “Carli” Bianco y Andrés “Cuervo” Larroque— ya dejó atrás el tono diplomático. Dirigentes de distintas terminales internas los describen con términos que revelan una fractura política y personal cada vez más evidente. En el kirchnerismo duro y en La Cámpora, directamente, la caracterización roza la hostilidad: lo acusan de encerrarse en un esquema reducido de confianza, de no escuchar y de haber comenzado demasiado temprano una construcción presidencial que amenaza con aislarlo.

La comparación que muchos hacen, incluso dentro de su propio entorno, no deja de ser inquietante. En La Plata admiten —mezclando ironía y preocupación— que el recorrido de Horacio Rodríguez Larreta funciona como advertencia permanente. La idea de romper prematuramente con quien ejerce liderazgo político, perder volumen interno y quedar sin sustentación territorial aparece como un espejo incómodo que nadie quiere nombrar demasiado en voz alta, pero que todos observan.

Fuera del kirchnerismo, las críticas mantienen la misma dirección, aunque con otro lenguaje. Viejos dirigentes del PJ cuestionan lo que consideran una lógica cerrada, excesivamente ideologizada y poco permeable a la construcción amplia que históricamente necesitó el peronismo para alcanzar competitividad nacional. Le reprochan a Kicillof un armado más parecido a una experiencia universitaria que a una estructura federal capaz de disputar poder real en todo el país.

Ahí aparece una de las debilidades que más inquieta a varios gobernadores e intendentes: la dificultad del mandatario bonaerense para trascender el universo político y cultural del AMBA. En distintos sectores del peronismo federal se preguntan cómo podría construir una mayoría nacional sin perforar electoralmente provincias clave como Córdoba, Santa Fe o Entre Ríos. Porque aunque hoy mantenga tensiones con Cristina Kirchner, fuera de Buenos Aires muchos continúan percibiéndolo como una expresión directa del kirchnerismo clásico.

Incluso dentro del Frente Renovador, donde el tono suele ser más moderado, aparece una observación que resume parte del problema: consideran que Kicillof está consolidando una línea interna antes que una verdadera coalición presidencial. El modelo que le permitió gobernar la Provincia de Buenos Aires —apoyado en una identidad intensa y un núcleo político homogéneo— difícilmente alcance para disputar una elección nacional donde las lógicas de amplitud y transversalidad son decisivas.

El sindicalismo tradicional también comienza a marcar distancia. Algunos referentes gremiales observan en el gobernador una narrativa excesivamente anclada en debates económicos y políticos del pasado, desconectada de las demandas sociales que hoy atraviesan a una ciudadanía golpeada por la incertidumbre y el desgaste económico. La discusión ya no es únicamente ideológica: es también cultural y generacional.

En ese contexto emerge el temor silencioso que recorre al peronismo: el fantasma del 5%.

La preocupación es matemática, pero también histórica. Muchos recuerdan todavía cómo los votos que Florencio Randazzo obtuvo en 2017 terminaron resultando determinante para impedir la victoria de Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires. El antecedente funciona como advertencia permanente: una fractura menor puede transformarse en una derrota decisiva.

Por eso, dentro del PJ crece la presión para evitar una dispersión que termine debilitando al espacio en 2027. Más aún en un escenario donde ya comienzan a asomar otros nombres con ambiciones presidenciales: Sergio Uñac, Juan Manzur, Gerardo Zamora y, naturalmente, Sergio Massa, quien continúa observando el tablero con cautela mientras evalúa el clima político y económico de los próximos meses.

La hipótesis que inquieta al kicillofismo circula cada vez con más fuerza en las conversaciones reservadas: qué ocurriría si Cristina Kirchner, Máximo Kirchner y Massa terminaran convergiendo detrás de una candidatura alternativa, dejando al gobernador aislado en una interna desgastante.

En el entorno de Kicillof aseguran estar preparados para ese escenario y sostienen que unas PASO podrían terminar legitimando al candidato más competitivo. Pero aun entre sus aliados reconocen que el desafío será mucho más complejo que una simple competencia electoral. El verdadero problema es otro: evitar que la discusión interna erosione la autoridad política antes de tiempo.

Mientras tanto, distintos sectores intentan construir mecanismos de contención para impedir una diáspora. Gobernadores, senadores, sindicalistas y dirigentes territoriales exploran la posibilidad de una mesa política amplia que permita sentar en una misma mesa a todas las tribus del peronismo antes de que las diferencias se vuelvan irreversibles.

Sin embargo, en La Plata responden endureciendo el discurso. Cerca del gobernador sostienen que tanto Cristina como Máximo Kirchner jamás aceptaron realmente la posibilidad de que Kicillof construya autonomía política y consideran que cada movimiento interno busca condicionarlo o limitarlo. Acusan a La Cámpora de haber reducido toda su estrategia al eje “Cristina Libre” y de carecer hoy de una agenda política capaz de conectar con las demandas sociales más urgentes.

En el sindicalismo alineado con el gobernador creen que, pese a las tensiones, Kicillof comprende que no tiene margen para encerrarse. Saben que, si pretende llegar a la Casa Rosada, necesitará ampliar su base de sustentación, contener al peronismo y además seducir sectores moderados desencantados con otras fuerzas políticas.

La escena de Héctor Daer recibiéndolo en Córdoba y presentándolo ante los trabajadores de Sanidad como el mejor candidato del peronismo hacia 2027 muestra que todavía conserva apoyos importantes. Pero también evidencia algo más profundo: la disputa sucesoria ya comenzó, aunque nadie lo admita formalmente.

Este lunes, Kicillof volverá a exponerse públicamente en una charla en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Y sobrevuela nuevamente la misma incógnita: si otra vez aparecerán voces reclamándole definiciones sobre Cristina Kirchner.

Porque acaso allí resida el núcleo del conflicto. La principal amenaza que enfrenta hoy el gobernador no proviene de Javier Milei ni de la oposición. Proviene del interior mismo del peronismo, donde las heridas nunca terminan de cerrarse y donde, muchas veces, una diferencia pequeña alcanza para alterar todo el tablero político.

En la Argentina, el poder rara vez se pierde únicamente frente al adversario. A veces comienza a desmoronarse mucho antes, entre los propios.