La implosión de la Unión Soviética el 26 de diciembre de 1991 marcó el fin de la llamada Guerra Fría. Pese a que no se debió a los actos de hostilidad de Occidente sino a errores internos, Estados Unidos y sus aliados lo interpretaron como una victoria que les dejada el campo expedito para la concreción de su sueño de un mundo unipolar.
Por eso la prensa occidental festejó con bombos y platillos la victoria del candidato opositor Peter Magyar (45) en las elecciones de Hungría del 12 de abril, derrotando a Víktor Orban, que se mantuvo en el poder durante 16 años, un aliado de Rusia que repetidamente condenó la adopción de sanciones unilaterales contra el gigante euroasiático.
The New York Times destacó el triunfo opositor como un modelo frente al autoritarismo, Trump lo calificó de “un buen hombre” y le auguró un “buen trabajo. El resultado electoral abre el debate sobre cómo una oposición puede derrotar a un liderazgo consolidado en el poder, un tiro por elevación por ejemplo para Vladímir Vladímirovich Putin, el presidente de la Federación de Rusia desde 2012 y antes, desde 2000 hasta 2008.
Acto seguido, esa misma prensa empezó a poner por las nubes a Peter Magyar. Recordaron la genealogía familiar en el terreno político y la trayectoria del flamante futuro primer ministro, omitiendo el dato de que su fulgurante carrera política (dentro del oficialista partido Fidesz, en el Parlamento Europeo y en varias agencias estatales húngaras) se debió a que era el consorte de Judith Varga, la mano derecha de Orban que se desempeñó, entre otros cargos, como Ministra de Justicia de Orban, más a que a su capacidad política y académica. Cuando se divorció, repentinamente se volvió opositor, fundo un nuevo partido y se acordó de luchar contra la corrupción, de la cual había vivido hasta entonces.
Luego del triunfo, Magyar empezó a utilizar una retórica ampulosa: «los que robaron el país tienen que afrontar las consecuencias» sin dar mayores precisiones.
Alguien que tenía y tiene muy buena llegada con Orban, el presidente de Bielorrusia, Alexánder Lukashenko puso paños fríos al tema: «Simplemente les aconsejaría que no se apresuren a juzgar la política húngara y la política de Orbán”. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” dice un viejo refrán, y los anuncios siguientes de Magyar le empezaron a dar la razón.
El lunes 20 declaró que Hungría retiraría su bloqueo al paquete de 90.000 millones destinado a sostener financieramente a Ucrania frente a la operación militar especial solo si se restablecia el suministro por Druzhba, lo que se concretaría en breve dado que el jueves 23 Eslovaquia, el otro país afectado por el bloque de Ucrania, empezó recibir petróleo.
Otro de los anuncios tiene que ver con la reforma de la Constitución, un tema que ha sido reclamado por la UE, aunque Magyar admitió que la redacción del nuevo texto llevará meses y la aprobación final requerirá un referéndum.
El de la energía es otro tema crucial para el nuevo gobernante: «Haremos todo lo posible por diversificar, pero esto no significa que nos desvinculamos de la energía rusa. Siempre obtendremos petróleo al menor coste y de la manera más segura posible«, dijo, sin duda teniendo en cuenta que según el FMI, en 2024 el 74% del gas y el 86% que se consumía provenían de Rusia.
Pragmático como su antecesor, Magyar sabe que el país está atado a la troika en el tema de la energía nuclear. Paks I, la central nuclear existente, funciona con tecnología rusa, y su ampliación, Paks II, también lo hará con financiamiento y tecnología rusa, porque la UE ha hecho mutis por el foro.
El futuro primer ministro deberá asumir el cargo el 12 de mayo, pero ya está trabajando en un tema prioritario para su gobierno, como es recuperar los fondos que la UE tiene congelados por la deriva antidemocrática del gobierno de Orbán y las reformas que pusieron en riesgo la independencia judicial en el país y que atentaron libertades de colectivos vulnerables, que según las fuentes oscila entre 17.000 y 34.000 millones de dólares.
El monto más urgente y específico es de unos 10.400 millones de euros (cerca de $11.000 millones de dólares) procedentes del Fondo de Recuperación y Resiliencia (RRF) post-pandemia, que Hungría corre el riesgo de perder totalmente si no se llega a un acuerdo para su uso antes de finales de agosto de 2026.
Para muchos analistas, ahí está “la madre del borrego”, la verdadera razón del cambio de mando en el país: la «desorbanización», junto con las 27 reformas pedidas por la UE, viene con este tesoro debajo del brazo.

