El presidente chino Xi Jinping le habló por primera vez al entonces mandatario estadounidense Donald Trump de la «trampa de Tucídides» en abril de 2017 durante su encuentro en la residencia de Mar-a-Lago, Florida, y volvió a traer a colación este concepto durante la cumbre bilateral celebrada en Beijing del 14 al 15 de mayo de 2026.
El politólogo estadounidense Graham T. Allison redescubrió el concepto del genial estratega ateniense, una teoría que describe la peligrosa tendencia hacia la guerra cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia hegemónica dominante, y se basó en una frase de “La guerra del Peloponeso”, que dice «fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra». Esta dinámica histórica contemporánea de que el ascenso de una nueva potencia (como China) provoca el temor de la potencia dominante establecida (como Estados Unidos).
Pero la historia comenzó mucho antes. Ronald Reagan (1981/1989) llegó a la presidencia de los Estados Unidos con el slogan de «¡Que vienen los rusos!», y fue su Secretario de Defensa Caspar Weinberger quien con esa premisa a cuestas impulsó durante sus más de 6 años al frente del Pentágono, las mayores inversiones militares de Estados Unidos en tiempo de paz, incluida la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) -llamado «Guerra de las Galaxias» por sus críticos- un sistema para defender a EE. UU desde el espacio y por tierra, de ataques con misiles. El proyecto supuso la inversión de miles de millones de dólares en el diseño e investigación de radares, satélites, misiles interceptores y sistemas de comunicación.
Los supuestos que manejaban Reagan y Weinberger eran que la URSS había alcanzado una superioridad tal que podía sentir la tentación de lanzar una guerra frontal contra los Estados Unidos, algo que ponían en duda no solo los estrategas soviéticos sino también algunas organizaciones independientes de estudios estratégicos.
Sobrevolaba sobre todas esas especulaciones el empate con sabor a derrota logrado en Corea en 1953, y la humillante derrota en Vietnam luego de 17 años de intervención militar estadounidense.
Lo que entonces era una suposición sin fundamento hoy tiene muchos más visos de realidad que entonces, pero no precisamente por lo militar.
La guerra económica desatada por Estados Unidos es mayoritariamente económica: va desde la imposición de aranceles a los productos “Made in China” (muchos de los cuales son fabricados en el gigante asiático por empresas norteamericanas), hasta el “apriete” a Panamá por el creciente avance de China en el mercado local, pasando por la denuncia, nunca comprobada, de la potencialidad militar del megapuerto de Chancay en Perú, puerta de entrada de los productos chinos al mercado latinoamericano, fundamentalmente Argentina, y el injerencismo de la Casa Blanca en los procesos electorales latinoamericanos en desmedro de los gobiernos progresistas.
La torpeza de los gobernantes estadounidenses de las últimas cuatro décadas ha colocado al país en una situación de inferioridad creciente. Recientemente el propio Trump debió reconocer que Estados Unidos no tiene la cantidad de rompehielos necesaria tanto para operar en el circuito del Ártico como en el aprovechamiento de los minerales ocultos bajo amplias capas de hielo en Groenlandia, y si también van perdiendo terreno en la carrera espacial con mucho más rigor incluso que con la exUnión soviética, se debe a que Qian Xuesen, el padre de la industria aeroespacial china, el hombre que interrogó a Wernher von Braun y sentó las bases del JPL (Jet Propulsion Laboratory, un centro de investigación y desarrollo de la NASA ubicado en La Cañada Flintridge, California) fue deportado en 1955 por el presidente Eisenhower luego de estar cinco años con prisión domiciliaria.
Como dato anecdótico, los misiles «gusano de seda» de Qian fueron disparados contra estadounidenses en la Guerra del Golfo de 1991, y en 2016 contra el USS Mason por rebeldes hutus en Yemen.
Del mismo modo, la construcción naval de EE.UU se encuentra en un estado catastrófico debido a décadas de políticas equivocadas, en un momento en que la mayoría de su comercio internacional transita por mar. La situación se vuelve más preocupante al compararse con la capacidad naval de China, su principal rival, informa The Atlantic, porque de las decenas de miles de grandes buques que surcan los océanos, tan solo el 0,13 % se construye en Estados Unidos.
En ese contexto debe entenderse el fiasco de Trump en Irán. No porque la nación persa tenga más y mejores armas que Estados Unidos, sino porque, irónicamente, Teherán aplicó al pie de la letra al doctrina enunciada por Caspar Weinberger durante un discurso titulado «Los usos del poder militar» (The Uses of Military Power) pronunciado ante el Club Nacional de la Prensa en Washington, D.C el 28 de noviembre de 1984, reformulada años más tarde por el general Colin Luther Powell, (Secretario de Estado de George Bush 2001/2005) que plantea preguntas que enfatizan los intereses ]de seguridad nacional, capacidades abrumadoras de ataque con énfasis en las fuerzas terrestres y un amplio apoyo público, todas las cuales deben responderse afirmativamente antes de que se tomen medidas militares, algo que obviamente, Donald Trump no hizo.

Los manotones de ahogado del actual inquilino de la Casa Blanca, sus altisonantes bravatas contra todo el mundo, desde el Papa León XIV hasta la primer ministro de Italia Giorgia Meloni, son la clara evidencia del deterioro de la hegemonía norteamericana y su concepto del mundo unipolar. El mundo, aunque Trump no quiera, está cambiando, y el horizonte multipolar se ve cada día más luminoso.
