En esta Argentina desquiciada de hoy, historias como la que me contó el otro día un vecino tienen un lugar destacado.

El buen hombre quiso la semana pasada instalar Internet en su hogar, y para eso se puso en contacto, medios electrónicos de por medio, con la empresa Personal.

Luego de llenar un formulario, al poco rato recibió una llamada telefónica de la empresa. Luego de solicitarle una suma de datos extensa (solo faltó que le pidieran el grupo sanguíneo) y acordar la tarifa a abonar, se pactó la visita de un técnico al domicilio para el sábado de esa semana por la tarde.

Como llovió, no se produjo la visita. El lunes siguiente el vecino esperó en vano una llamada de la empresa para reprogramar la visita, y ahí se inició una peripecia que tras varias horas y diversas llamadas telefónicas, terminó en nada.

El hecho pone además de manifiesto la escasa idoneidad de los empleados de los llamados “call center”. Primero lo pelotearon de un empleado a otro con transferencia de llamadas en las que cada uno decía “esa no es mi área” y lo derivaba a otro. Luego de dos horas más o menos con ese jueguito, una empleada le dijo que no lo habían llamado para la reprogramación porque se había anulado el pedido, negándose a revelar quien había hecho la anulación. Otro empleado le tomó un nuevo pedido, pero para hacerlo efectivo exigía que nuestro vecino se adhiriera al sistema de débito automático, cosa que no se aceptó y ahí terminó el accidentado trámite.

En los últimos tiempos de neoliberalismo, se ha puesto el acento en la crítica a los funcionarios públicos por su falta de capacitación. Los empleados de los call center lo son de empresas privadas, y realmente son incompetentes.

Tal vez las empresas que los contratan haya sopesado los clientes que pueden llegar a perder por esa falta de capacitación de personal con la escasa remuneración que, según fuentes sindicales, reciben los trabajadores.