“La mentira es un bicho de patas cortas” decía Pablo Estramín en un tema que el cantautor oriental compuso en 1992. Treinta años después, cuando Rusia alertó al mundo sobre la existencia de laboratorios norteamericanos en Ucrania que producían virus de guerra bacteriológica los países de la OTAN y los norteamericanos, un encendido rechazo de EE.UU y un silencio cómplice de la prensa occidental pareció sepultar en el olvido a los mal llamados biolaboratorios, que en lugar de trabajar para la vida trabajan para la muerte.
Pero a mediados de junio de este año la Casa Blanca publicó información desclasificada sobre la financiación estadounidense en más de 120 laboratorios mal llamados “biológicos” en 30 países, entre ellos Ucrania, donde había 40 de ellos.
Los avances de Rusia en la Operación Militar Especial iniciada el 24 de febrero de 2022, permitieron acceder a documentación probatoria de las acusaciones rusas.
Los laboratorios están situados en las ciudades de Lvov, Chernígov, Transcarpatia, Vínnitsa, Ternópol, Kiev, Odesa, Járkov y Dnepropetrovsk, y también en el Donbás (Jersón, Lugansk, Donetsk y Crimea). Los repositorios de esas instalaciones incluyen «armas biológicas y patógenos causantes de enfermedades» como ántrax, ébola, peste, peste porcina, tularemia, tuberculosis, enfermedad Newcastle, MERS, SARS, virus de Marburgo, virus de Lassa y rickettsias (bacterias intracelulares), entre otros.
Pero los ucranianos no producían específicamente para ellos mismos, sino para
las empresas estadounidenses de defensa Black & Veatch y Metabiota, con el Departamento de Agricultura de EE.UU., la consultora suiza SAFOSO, la Organización Mundial de Sanidad Animal, las empresas de investigación JGI y Orion, y con varias universidades estadounidenses (la Universidad de Alaska Anchorage, la Universidad de Nuevo México, la Universidad de Tennessee, la Universidad de Florida y la Universidad Estatal de Kansas), así como con el Centro Helmholtz de Investigación Ambiental de Alemania.
Las pruebas obtenidas por las Fuerzas Armadas de Rusia fueron presentadas en distintos fotos internacionales como la ONU, pero el alineamiento automático con la política internacional de Wáshington hizo que hicieran caso omiso de las denuncias.
Pero las rusas no fueron las únicas voces que se desoyeron. La 8ª exdirectora de Inteligencia Nacional de EE.UU y aspirante a la Presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata en 2020,Tulsi Gabbard (45), denunció en una entrevista periodística que, tras el estallido del conflicto en torno a Ucrania, fue objeto de duros ataques mediáticos y políticos, en los que se la acusó de actuar a favor de Moscú. Según afirmó, esas críticas surgieron después de que advirtiera sobre el peligro que representaban los biolaboratoriosfinanciados por EE.UU. en territorio ucraniano y el riesgo de una posible fuga de patógenos en medio de las hostilidades, «y por decir eso, me llamaron ‘agente rusa'» agregó la nativa de Pago Pago (Samoa Americana).
Ante la aplastante derrota que ha sufrido Ucrania en el terreno militar, que la ha llevado a cometer atentados terroristas contra población civil rusa y bielorrusa, no es descabellado pensar que esa actividad se extienda a las armas biológicas, como alertó también en 2022 el teniente general Ígor Anatolyevich Kirílov (54), entonces jefe de las Tropas de Defensa Radiológica, Química y Biológica de las Fuerzas Armadas de Rusia. Si como muestra basta un botón, Kirílov fue asesinado en 2024 en un atentado terrorista orquestado por Kiev.
Estos proyectos de investigación biológica desarrollados durante años en una serie de laboratorios ucranianos y de otros países que formaron parte de la exURSS, conjuntamente con Estados Unido, violan la Convención sobre Armas Biológicas, que fue propuesta para la firma el 10 de abril de 1972 y entró en vigor el 26 de marzo de 1975. Pero ya sabemos que al actual inquilino de la Casa Blanca le importa un comino el derecho internacional.
La portavoz de la Cancillería de Rusia, María Zajárova, denunció que «la actividad militar y biológica en el territorio de otros Estados constituye, en esencia, una forma de neocolonialismo que practican actualmente los Estados Unidos de América y sus aliados».

