En un contexto de crisis como el actual, donde a muchos les cuesta llegar a fin  de mes y otros llegan pero tomando mate cocido con pan viejo, que te metan la mano en el bolsillo impunemente es algo que indigna.

Los vecinos nos acercan sus historias porque ya no saben a quién recurrir en este Estado desregulador, y tienen la esperanza de que haciendo público su drama tal vez haya algún atisbo de solución.

Un vecino nos contó de sus tribulaciones con la aplicación Didi. Parece que hay un nueva modalidad en ella que roza lo delictivo.

El vecino es un adulto mayor, tiene movilidad reducida y se desplaza en silla de ruedas. Pidió un servicio de dicha aplicación, el mismo pasó un tiempo prudencial y al ver que no venía, pidió el servicio de nuevo. Cuando finalmente vino y llegó a su destino, le cobraron casi tres veces lo habitual, porque el servicio anterior había sido cancelado por el chofer porque el cliente no estaba en el lugar del pedido.

Falso, pero como dice un viejo refrán “tiene razón pero marche preso”, no le quedó otro remedio que pagar.

Para regresar a su domicilio, fue víctima otra vez de la misma maniobra. Pidió un servicio, el vehículo fue a una dirección a media cuadra de donde se lo había solicitado, y canceló el viaje, por lo que el sufrido vecino, al llegar a su domicilio, debió abonar nuevamente un adicional. Total, el cliente paga. Es casi una extorsión encubierta.

No se sabe si este nuevo curro (en la acepción rioplatense, joda, porque en la española es trabajo) es creado por los choferes o por quienes gestiona la aplicación, pero lo cierto es que una actitud mafiosa.

Sobre todo, porque no hay  quien recurrir. Si bien hay un teléfono, dicen, para efectuar reclamo, la experiencia de otros usuarios es que no te dan bolilla cuando reclamas. “Cuando el río suena, agua lleva” dice otro viejo refrán. Hay un rumor dando vueltas, que sostiene que al haber decaído la facturación de esa aplicación, hay que cubrir el hueco de alguna manera.