La guerra en Irán dispara los costes de producción y lleva a los agricultores estadounidenses al límite, y por las medidas contra los migrantes a cargo de ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), sobre todo mexicanos, en los campos agrícolas de California y Texas, se está viviendo una crisis de producción sin precedentes con pérdidas millonarias, porque miles de hectáreas de cultivos se quedan sin recolectar debido a la escasez de mano de obra cualificada tras el regreso masivo y compulsivo de trabajadores mexicanos a su país.
En un mercado de frutas y hortalizas de California, la incertidumbre que sienten millones de personas que podrían ser objeto de deportaciones, ha dejado muchos establecimientos agrícolas completamente vacíos allí. Una vendedora de frutas y hortalizas describe con sencilla elocuencia las consecuencias de la parálisis agrícola: “ni siquiera pueden darse el lujo de recogerlos (los cultivos) en estos momentos, porque entre el costo de la mano de obra y los insumos que van en él, es más rentable para los agricultores simplemente ararlos”.
Lo curioso es que recién ahora el inquilino temporal de la Casa Blanca parece haberse dado cuenta del desastre que su política migratoria. “durante años, ha habido casos de personas que han trabajado para una granja durante 14 o 15 años”, y los han echado con mucha crueldad” como si eso no fuera culpa de él, y agrega “los agricultores están perdiendo a mucha gente” con un desparpajo sin igual.
Al referirse a esta situación, la presidente de México, Claudia Sheinbaum reflexionó en voz alta: “las y los mexicanos sostienen la economía de los Estados Unidos, porque no habría campos en Estados Unidos sin los trabajadores mexicanos, no habría fábricas funcionando sin los trabajadores y las trabajadoras mexicanas”.
La crisis agrícola que surge de los corredores más ricos de Norteamérica puso de manifiesto un panorama extraordinario que las autoridades siguen con asombro, donde cosechas de millones de dólares aguardan en los campos para ser recolectados. Mientras muchos pensaban que este estancamiento era por culpa de una simple sequía o una mala temporada, la verdad que se ocultaba salió a la luz con la publicación de los informes judiciales y económicos. Esta interrupción industrial, que se extiende por todos los Estados Unidos, se ha convertido en un bloqueo total, especialmente en California, el mayor centro agrícola del país, y en el estado de Texas. Pero el verdadero proceso secreto que el público desconoce y que aterroriza a los gigantes agrícolas, recién comienza. En los campos de lechuga, tomate y fresas que sostienen la gigantesca economía agrícola de California, que superan los 50.000 millones de dólares anuales, así como en los vastos huertos de cítricos de Texas, cuyo tiempo de recolección ya ha pasado, la producción está quedándose en las ramas y mezclándose con la tierra debido a la falta de trabajadores.
Las investigaciones realizadas revelaron que más del 70% de la fuerza laboral que trabaja en los campos y en los invernaderos de todo el territorio estadounidense es de origen migrante. Sin embargo, la crisis no se limita únicamente a que los productos se queden en los campos. Algunos agricultores estadounidenses, desesperados, comenzaron a cargar en camiones las cosechas que no pudieron recolectar y las llevaron al mercado para distribuirlas gratuitamente a la población de los centros urbanos o para ofrecerlas al costo en los mercados locales, para evitar que se echen a perder, lo que certificó con toda claridad el nivel de fractura en la cadena de suministros de alimentos y la profundidad de la necesidad de mano de obra calificada en el sector agrícola.
Cuando muchos pensaban que era una interrupción logística temporal, surgió una gigantesca sacudida. Detrás de esta crisis, se encuentran las nuevas regulaciones administrativas implementadas para los visados y permisos de trabajo, así como las estrictas inspecciones en los puntos aduaneros. Miles de trabajadores mexicanos, afectados por la incertidumbre en las condiciones laborales y las cargas que conllevan los procesos legales, comenzaron a regresar en masa a su
país, poniendo fin a su trabajo en territorio estadounidense. Entonces las gigantescas empresas agrícolas se quedaron con más producción sin cosechar, porque la mano de obra joven local no es adicta al trabajo al sol en los campos en jornadas de 12 horas, debido a las expectativas salariales y las duras condiciones físicas de trabajo.
La complicada situación en el sur del país tiene su correlato en el norte. El USDA (Departamento de Agricultura de los Estados Unidos), en una definición que data de ya varias décadas, agrupa a los estados de Ohio, Indiana, Illinois, Iowa y Missouri como pertenecientes al Corn belt. Otras clasificaciones agregan el este de Nebraska y el sur de Minnesota como la región del cinturón maicero en donde se concentra la mayor proporción de la producción de maíz en EE.UU. Los agricultores de la región aseguran que afrontan su peor crisis en cuatro décadas debido al fuerte aumento del coste del diésel y los fertilizantes, provocado por la guerra de EE.UU contra Irán, incluido claro el bloqueo del estrecho de Ormuz. Matt Bailey, productor de maíz y soja en el este de Nebraska, afirmó: «los insumos están completamente fuera de control». John Hansen, presidente de la Unión de Agricultores de Nebraska, describió la situación como «la peor recesión financiera en el sector desde la década de 1980» y un estudio de la Federación de la Oficina Agrícola Estadounidense (American Farm Bureau Federation) calcula que, sin ayudas gubernamentales, los productores perderán 31.000 millones de dólares este año y otros 32.000 millones en 2027. A este cuadro crítico deben agregarse las consecuencias de la guerra comercial de Trump contra China, Trump, que han perjudicado las exportaciones agrícolas estadounidenses, especialmente las ventas de soja.
Aunque la Administración estadounidense aprobó en junio una partida de asistencia de emergencia por 11.000 millones de dólares, gremios y representantes de los agricultores sostienen que el paquete resulta insuficiente para cubrir el déficit operativo proyectado para los próximos dos años.
Todos estos problemas podrían trasladarse también a los consumidores: «Esto significará definitivamente precios más altos de los alimentos», advirtió Brian Choi,
socio-gerente y director ejecutivo (CEO) de The Food Institute, una reconocida organización de investigación de mercado, noticias y datos sobre la industria de alimentos y bebidas
