El 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones comerciales fueron secuestrados en Estados Unidos y utilizados como armas. Los atentados dejaron 2.977 víctimas y modificaron profundamente la seguridad, la política exterior, los controles migratorios y la vida cotidiana de millones de personas.

La mañana del martes 11 de septiembre de 2001 comenzó como cualquier otra en Estados Unidos. Sin embargo, en menos de dos horas, el mundo contempló en directo una sucesión de ataques que alteraría para siempre la historia contemporánea.

A las 8.46, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center, en Nueva York. En un primer momento, muchos pensaron que se trataba de un accidente. Pero apenas 17 minutos después, el vuelo 175 de United Airlines impactó contra la Torre Sur. Ya no había dudas: Estados Unidos estaba bajo ataque.

Un tercer avión, el vuelo 77 de American Airlines, fue lanzado contra el Pentágono, sede del Departamento de Defensa, en las afueras de Washington. El cuarto, el vuelo 93 de United Airlines, cayó en un campo cercano a Shanksville, Pensilvania, luego de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave. Se considera que su objetivo era el Capitolio o la Casa Blanca.

Las imágenes de las Torres Gemelas envueltas en llamas y desplomándose sobre Manhattan recorrieron el planeta en tiempo real. Millones de personas permanecieron frente a las pantallas tratando de comprender una tragedia que parecía extraída de una película, pero que estaba ocurriendo ante sus ojos.

Los atentados, perpetrados por 19 integrantes de la organización terrorista Al Qaeda, dejaron 2.977 víctimas —sin contar a los atacantes— y miles de heridos. Entre los fallecidos hubo trabajadores, pasajeros, turistas, policías, bomberos y rescatistas de numerosas nacionalidades. A ellos se sumaron, con el paso de los años, quienes murieron o enfermaron como consecuencia de la exposición al polvo y a las sustancias tóxicas liberadas en la Zona Cero.

El comienzo de una nueva era

El 11-S no sólo destruyó edificios y arrebató miles de vidas. También puso fin a una etapa histórica y dio comienzo a otra marcada por el temor al terrorismo global.

Estados Unidos declaró la denominada “guerra contra el terrorismo” y, pocas semanas después, inició una ofensiva militar en Afganistán para derrocar al régimen talibán, que protegía a Osama bin Laden y a la estructura de Al Qaeda. La OTAN invocó por primera vez en su historia el artículo 5 de defensa colectiva, al considerar que el ataque contra uno de sus integrantes constituía una agresión contra todos.

En 2003, la administración de George W. Bush avanzó sobre Irak bajo el argumento de que el gobierno de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas y no se demostró que Irak hubiera participado en los atentados del 11 de septiembre. La invasión abrió un conflicto prolongado y de consecuencias políticas y humanitarias que todavía repercuten en Medio Oriente.

Dentro de Estados Unidos se aprobaron leyes que ampliaron las facultades de vigilancia e inteligencia del Estado. Los aeropuertos incorporaron controles mucho más estrictos, se reforzaron las fronteras y aumentó el seguimiento de las comunicaciones y los movimientos financieros.

Muchas de esas medidas se extendieron luego a otros países. Viajar en avión, ingresar a un edificio público o atravesar una frontera dejó de ser como antes. La seguridad pasó a ocupar un lugar central en la agenda occidental, mientras crecían los debates sobre los límites entre la prevención, la privacidad y las libertades individuales.

También hubo una consecuencia social dolorosa: numerosas comunidades musulmanas y personas de origen árabe fueron víctimas de discriminación, sospechas y ataques. El miedo, en demasiadas ocasiones, se convirtió en prejuicio.

Una herida que permanece abierta

A 25 años de aquella jornada, el 11 de septiembre continúa presente en la memoria colectiva. Para quienes lo vivieron, todavía resulta difícil olvidar dónde estaban cuando el primer avión impactó contra una de las torres. Para las generaciones posteriores, es un acontecimiento histórico cuyas consecuencias forman parte del mundo en el que crecieron.

Las ceremonias, los nombres grabados en el Memorial de Nueva York y el reconocimiento a quienes ingresaron a los edificios para salvar vidas recuerdan que detrás de las cifras hubo 2.977 historias interrumpidas.

El 11-S demostró la capacidad del terrorismo para sembrar miedo a escala global.

Pero también dejó imágenes de solidaridad, coraje y entrega: bomberos que subieron mientras miles descendían, pasajeros que enfrentaron a los secuestradores y ciudadanos que auxiliaron a desconocidos en medio del caos.

Aquel martes de 2001 cambió las guerras, los aeropuertos, las fronteras, la vigilancia y la relación de Occidente con la seguridad. El mundo nunca volvió a ser el mismo. Y un cuarto de siglo después, recordar lo ocurrido sigue siendo indispensable para honrar a las víctimas y comprender buena parte de nuestro presente.