Agosto es un mes muy especial para el pueblo japonés. Pese a los 81 años transcurridos desde el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki por Estados Unidos el 6 y 9 de agosto de 1945, (que Trump califica de “pequeño conflicto”) con el pretexto de ahorrar vidas norteamericanas (las demás son de segunda clase) la memoria del horror sigue presente no sólo en los “hibakusha” («persona afectada por la bomba» en japonés)  con una cifra oficial registrada de 99 130 personas y una edad promedio que supera los 86 años, sino en los descendientes de quienes murieron en tan infaustas jornadas. La cifra oficial de muertos nunca ha sido publicada, pero las estimaciones independientes hablan de entre 170.000 y 220 000 personas fallecidas.

Curiosamente, en los actos oficiales conmemorativos, las autoridades políticas del país, que padecen una amnesia histórica, omitieron nombrar a los Estados Unidos como los responsables de esa masacre de la población civil desarmada. Tanto la primer ministro Sanae Takaichi, como el alcalde de Hiroshima Kazumi Matsui (que ocupa el cargo desde 2011) y el alcalde de Nagasaki Shiro Suzuki, pronunciaron encendidos discursos recordando el episodio pero sin nombrar a los responsables.

La razón de la amnesia la dio recientemente el inquilino temporal de la Casa Blanca cuando declaró que había una alianza estratégica con Japón, calificando la relación actual como una “época dorada”.

Esas definiciones permiten comprender como la dirigencia política nipona contemporánea ha asimilado tan naturalmente la ideología dominante, y explican el rebrote militarista detrás de la retórica de Takaichi cuando recordando los viejos tiempo en que Japón invadió y colonizó la isla (1895/1945) ya que tras ganar la primera guerra sino-japonesa, la dinastía Qing cedió la isla a Japón mediante el Tratado de Shimonoseki, cuando desató una grave crisis diplomática con China  en noviembre de 2025 al declarar en el Parlamento que un ataque chino contra Taiwán constituiría una amenaza existencial para Japón, sugiriendo una posible respuesta militar.

En la misma sintonía, el país nipón en febrero de 2022 adhirió a las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea contra la Federación de Rusia por la Operación Militar Especial en Ucrania, y recientemente reavivó el reclamo por las Islas Kuriles, un archipiélago que se extiende entre la isla japonesa de Hokkaido , en su extremo sur, y la península rusa de Kamchatka, en su extremo norte. Si bien el Tratado de Paz de San Francisco de 1951, firmado por los Aliados (entre los cuales estaba la ex Unión Soviética) y Japón establece que este último renuncia a «todo derecho, título y reclamo sobre las Islas Kuriles». Desde entonces ha habido varias rondas de negociaciones entre Japón y Rusia por este tema, pero Rusia se retiró de las mismas luego de la adhesión de Japón a las sanciones unilaterales e ilegales contra el gigante euroasiático.

Las veleidades imperialistas y militaristas de Takaichi, fruto de su sumisión a los dictados de la política exterior norteamericana, primero con Biden y luego con Trump, son un peligro para la paz y la estabilidad en Asia, al par que pecan de una irracional visión de la realidad. Por más que Rusia tenga entre manos la OME en Ucrania y el Departamento de Estado juegue la carta de Taiwan para chicanear a la República Popular China, Japón no está en condiciones de refrendar en los hechos lo que dice en sus discursos. A eso se debe sumar  que el gigante asiático y su homólogo euroasiático no están solos en este escenario de conflicto: la República Popular Democrática de Corea mantiene una sólida alianza histórica descrita tradicionalmente como «tan cercana como los labios y los dientes» con China, y en la República de Vietnam, Xi Jinping y To Lam, presidentes de China y Vietnam, respectivamente, firmaron acuerdos de cooperación entre ambos países en el Gran Salón del Pueblo en Pekín, el pasado 14 de abril.

Las alarmas se han encendido no sólo en Asia sino en casi todo el mundo porque la primer ministro Sanae Takaichi se ha negado a aclarar si mantendrá la postura conocida como los tres principios no nucleares establecidos en 1967 por el primer ministro Eisaku Sato: no poseer, no fabricar y no permitir la introducciónde armas nucleares en territorio japonés. Además, la premier ha levantado la prohibición autoimpuesta de Japón a las exportaciones de armas y ha ampliado el gasto en defensa, al tiempo que ha presionado para enmendar la constitución con el objetivo de rearmar el ejército y la marina.

Por su parte, el ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi, el pasado mes de julio, cuando sostuvo que en Japón debería haber una «discusión sin un tabú» sobre el tema.
Shigemitsu Tanaka, de 82 años, sobreviviente de Hiroshima y miembro de la organización japonesa Nihon Hidankyo (Confederación Japonesa de Organizaciones de Víctimas de Bombas Atómicas y de Hidrógeno) que recibió Nobel de la Paz 2024, en una emisión televisiva conmemorativa del 81 aniversario, expresó su frustración de que los líderes políticos actuales se estén centrando en la capacidad militar a expensas de la diplomacia. «Qué hay de la construcción de la paz a través de la diplomacia?” Dijo. La preocupación del nonagenario activista por la paz es ampliamente compartida por los pueblos, pero no por los gobernantes. Occidente se prepara para la guerra tras el fracaso en Irán y Ucrania, al alentar el militarismo nipón. Repiten así el error de Inglaterra y Francia cuando en el último cuarto del siglo XIX entrenaron y armaron las fuerzas armadas de Japón para convertirlas en un ejército moderno que pudiera enfrentar a Rusia y China, y terminaron peleando una sangrienta guerra en el Pacífico en la primera mitad del siglo XX para conjurar la amenaza del imperio japonés.