La hipótesis de una conducción encabezada por Kicillof no surge de manera espontánea ni aislada. Es la consecuencia de una pulseada prolongada, atravesada por diferencias estratégicas, estilos de liderazgo y lecturas contrapuestas sobre el futuro del peronismo. Sin embargo, también es el emergente de una coincidencia central: la necesidad de evitar una interna feroz que derive en una fragmentación costosa, tanto en términos políticos como simbólicos, en un contexto nacional adverso y con un electorado cada vez más esquivo a las disputas intestinas.
El gobernador bonaerense había manifestado, en más de una oportunidad, su preferencia por mantenerse al margen de la conducción partidaria formal, delegando esa responsabilidad en un dirigente de su espacio que garantizara sintonía política sin absorber el desgaste que implica la presidencia del PJ. Su prioridad, hasta ahora, había sido concentrarse en la gestión, ampliar su construcción política más allá de las fronteras del peronismo tradicional y proyectar una alternativa competitiva hacia 2027. No obstante, la complejidad del escenario interno y la persistencia de tensiones con sectores del kirchnerismo duro parecen haber modificado ese cálculo.
El Movimiento Derecho al Futuro, espacio que articula a intendentes, dirigentes territoriales y funcionarios alineados con Kicillof, comparte con La Cámpora un diagnóstico básico: una interna descontrolada no solo pondría en riesgo la cohesión partidaria, sino que además desviaría energías que deberían estar orientadas a la construcción de una estrategia opositora frente al Gobierno nacional. Las divergencias aparecen, en cambio, al momento de definir el nombre capaz de sintetizar ese delicado equilibrio.
Descartada la continuidad de Máximo Kirchner, el gobernador impulsó la candidatura de la vicegobernadora Verónica Magario, figura de peso territorial y probada lealtad política. Desde otros sectores surgieron alternativas vinculadas a intendentes con fuerte anclaje en el conurbano, mientras que algunas voces advirtieron que, de no alcanzarse un acuerdo, no descartan competir, aun a riesgo de profundizar la fragmentación. El temor compartido es que una conducción partidaria percibida como capturada por un solo sector termine debilitando al conjunto y facilite el avance de fuerzas ajenas al peronismo en su histórico bastión electoral.
En este contexto, el gesto de Máximo Kirchner de manifestar su disposición a respaldar una eventual conducción de Kicillof puede leerse como un intento de ordenar la transición sin someter al partido al desgaste de una contienda interna. Para el gobernador, aceptar ese desafío implicaría no solo asumir la presidencia del PJ bonaerense, sino también establecer condiciones claras: un Consejo partidario alineado con la estrategia política del Ejecutivo provincial y una estructura orgánica que funcione como herramienta de construcción, no como un nuevo campo de disputa.
La experiencia reciente del peronismo indica que la distribución de cargos y la integración de los órganos partidarios suelen ser tan conflictivas como la definición del liderazgo mismo. Sin embargo, entre intendentes y funcionarios bonaerenses predomina la idea de que un acuerdo con Kicillof al frente del partido facilitaría tanto el ordenamiento provincial como las negociaciones en los distritos, reduciendo la incertidumbre y evitando la parálisis.
El tiempo apremia. Si el cronograma electoral interno se desdibuja o fracasa, el PJ bonaerense corre el riesgo de quedar acéfalo, una situación que solo se ha evitado hasta ahora por la formalidad de un proceso electoral en marcha. La definición, prevista para los próximos días, marcará algo más que un nombre propio: delineará el tipo de peronismo que la provincia de Buenos Aires está dispuesta a ofrecer como alternativa política en los años venideros.
