En el aniversario de su nacimiento, el recuerdo del capitán que condujo a la Argentina a la gloria en México 1986 y convirtió su zurda en un símbolo universal del fútbol.
Este 30 de octubre, Diego Armando Maradona habría cumplido 66 años. Nacido en 1960 en Lanús y criado en Villa Fiorito, su historia sigue despertando una emoción singular: la del chico que hizo del fútbol un lenguaje propio y llevó la camiseta argentina a una de sus páginas más memorables.
A casi seis años de su muerte, ocurrida el 25 de noviembre de 2020, recordarlo desde la cancha permite volver a lo esencial: su extraordinaria relación con la pelota, su capacidad para imaginar jugadas imposibles y la manera en que transformó partidos en recuerdos colectivos.
De los potreros a la cima
Su recorrido profesional comenzó en Argentinos Juniors, donde debutó en Primera División en 1976, antes de cumplir 16 años. Allí deslumbró con una técnica poco habitual, una conducción pegada al pie izquierdo y una visión del juego que lo distinguía incluso entre los mejores.
En 1981 llegó a Boca Juniors y fue campeón del torneo Metropolitano. Luego dio el salto a Europa: vistió la camiseta del Barcelona y, desde 1984, la del Napoli, club con el que construyó una relación histórica. En el sur de Italia conquistó dos títulos de Serie A, en 1987 y 1990, además de la Copa UEFA de 1989. Para una institución que hasta entonces no había ganado la liga italiana, aquellos triunfos marcaron una época.
México 1986: el Mundial de su vida
Si hubo un escenario donde su talento alcanzó una dimensión definitiva, fue el Mundial de México 1986. Como capitán de la Selección argentina, Maradona fue el eje futbolístico del equipo dirigido por Carlos Salvador Bilardo. Marcó cinco goles en el torneo, asistió a sus compañeros y condujo al conjunto nacional hacia su segundo título mundial.
El encuentro ante Inglaterra, por los cuartos de final, dejó dos acciones que permanecen en la historia. La primera fue el polémico gol convertido con la mano (la mano de Dios); la segunda, una corrida extraordinaria desde su propio campo, eludiendo rivales hasta definir ante el arquero Peter Shilton. Aquel segundo tanto es recordado como uno de los goles más extraordinarios de todos los tiempos.
En semifinales, ante Bélgica, volvió a ser decisivo con dos goles. Y en la final frente a Alemania Federal, cuando el marcador estaba igualado 2 a 2, dio el pase que permitió a Jorge Burruchaga convertir el 3 a 2 definitivo. La imagen de Diego levantando la Copa del Mundo en el estadio Azteca quedó grabada en la memoria argentina.
Una zurda que cambió la forma de mirar el juego
Maradona no se definía únicamente por sus estadísticas. Su grandeza estaba también en la pausa, el cambio de ritmo, la gambeta en espacios mínimos y la capacidad de hacer mejores a quienes lo rodeaban. Jugaba con una mezcla de intuición, coraje y creatividad que pocas veces se ha visto en una cancha.
Fue subcampeón del mundo en Italia 1990 y participó también de los Mundiales de 1982 y 1994. Su carrera tuvo altibajos y momentos difíciles, pero su influencia deportiva atravesó fronteras, camisetas y generaciones.
El recuerdo que permanece
Para millones de hinchas, Diego sigue siendo el número 10 de la Selección, el capitán de México, el futbolista que parecía capaz de resolver lo imposible. Su figura también generó debates fuera de las canchas, pero este aniversario invita a detenerse especialmente en aquello que lo hizo único: el fútbol.
En General Rodríguez, como en cada rincón del país, su nombre forma parte de las conversaciones entre generaciones: quienes lo vieron jugar cuentan sus hazañas y quienes llegaron después las descubren en imágenes que todavía emocionan.
A 66 años de su nacimiento, la mejor manera de homenajearlo es volver a mirar una de sus gambetas, una asistencia o aquella carrera inolvidable en el Azteca. Porque el tiempo pasa, pero hay jugadas que nunca terminan.

