En la última década, Argentina ha sido protagonista de una transformación social ineludible: la visibilización de las violencias de género y la búsqueda de una equidad real entre hombres y mujeres. Gracias a la lucha feminista, se modificaron leyes, se incorporaron protocolos de actuación en espacios públicos y privados, y muchas mujeres pudieron por fin levantar la voz. Sin embargo, en medio de tanto cambio positivo, se están generando distorsiones que merecen ser analizadas sin miedo y con honestidad intelectual.
Uno de los efectos más preocupantes es la instalación de una cultura de sospecha permanente hacia los varones, donde cualquier comentario o actitud —aun sin intencionalidad violenta— puede ser leído como misoginia o machismo. El resultado es un fenómeno silencioso, pero cada vez más extendido: el miedo de muchos hombres a trabajar, interactuar o incluso compartir espacios con mujeres por temor a ser denunciados injustamente.
“Mejor no contratemos mujeres, no sea cosa que…”
Un informe interno de la UIA (Unión Industrial Argentina) en 2022, elaborado a partir de encuestas anónimas a empresarios PyME, reveló que un 27% de los consultados evitaba contratar mujeres para cargos operativos o jerárquicos debido al temor de enfrentar denuncias laborales por acoso o discriminación, incluso cuando no existieran antecedentes. Esta práctica —ilegítima y discriminatoria— es, paradójicamente, consecuencia del mal uso de una herramienta que debería proteger derechos, no generar miedo.
“Es triste, pero hoy hay empleadores que prefieren evitar problemas y directamente no toman mujeres. No es lo correcto, claro, pero la percepción de riesgo está instalada”, reconoció un asesor legal de una cámara empresarial del conurbano bonaerense, que prefirió mantenerse en el anonimato.
Esta situación también ha sido advertida por sindicatos y organizaciones de mujeres, que denuncian un “efecto rebote” tras la ola de denuncias mediáticas y judiciales. Incluso en sectores como la tecnología o el transporte —históricamente masculinizados—, varias empresas han pausado sus planes de incorporación de personal femenino, por temor a enfrentar conflictos que, aún si resultaran infundados, dañen su imagen pública.
Casos mediáticos y sus consecuencias sociales
El caso de Fabián Gianola, denunciado por abuso sexual por varias actrices, sigue dividiendo opiniones. Si bien algunas denuncias fueron archivadas por falta de pruebas o contradicciones, el actor quedó completamente excluido del medio. Otro ejemplo fue el del periodista Ariel Tarico, cuya imitación de personajes femeninos recibió fuertes críticas por sectores que lo acusaron de “fomentar estereotipos machistas”, a pesar de tratarse de un contenido humorístico sin intención de daño.
“Estamos cayendo en una lógica inquisidora. La presunción de inocencia parece haberse evaporado”, afirmó el abogado laboralista Daniel Ivoskus, consultado por esta nota. “No hay que negar los avances del feminismo, pero tampoco podemos permitir que la paranoia y el castigo anticipado se conviertan en regla.”
Ambientes laborales en alerta y hombres en retirada
A partir del auge de denuncias públicas sin sustento judicial, muchas empresas adoptaron protocolos de conducta interna tan estrictos que generan miedo más que respeto. Ejemplo de esto es la práctica no oficial de algunas multinacionales, donde se recomienda a los jefes varones no mantener reuniones a solas con mujeres, incluso en oficinas abiertas. En universidades y medios de comunicación, cada vez más docentes o conductores varones evitan incluso abrazos o saludos afectuosos por temor a una interpretación ambigua.
“Yo dejé de hacer chistes o comentarios de cualquier tipo. Aunque fueran elogios con buena intención, ahora pueden malinterpretarse. Me convertí en un mudo para no arriesgarme”, cuenta Julián, gerente de Recursos Humanos de una empresa de logística en el partido de Tigre.
La paradoja: menos oportunidades para las propias mujeres
Lo más irónico es que este exceso termina reforzando la desigualdad que se pretende combatir. Según datos del INDEC (primer trimestre 2024), la tasa de desocupación femenina es un 25% más alta que la masculina, y la brecha salarial persiste. Si encima hay empleadores que descartan a mujeres por temor a conflictos, se genera una nueva forma de discriminación: la de evitar contratar mujeres para no tener que enfrentarse al “riesgo de la denuncia”.
El resultado es un terreno laboral polarizado, donde hombres se repliegan por miedo, mujeres son excluidas por prevención, y el diálogo entre géneros se enrarece hasta volverse imposible.
¿Y ahora qué? Un llamado urgente al equilibrio
La solución no es retroceder en derechos ni negar las luchas feministas, pero sí recuperar el sentido común. Necesitamos marcos normativos claros, sistemas de denuncia justos, capacitaciones reales (no meramente punitivas) y, sobre todo, una cultura laboral basada en el respeto mutuo y la confianza.
El feminismo no puede convertirse en un sistema de censura ni en una herramienta de venganza. Su espíritu es emancipador, no inquisidor. Lo que está en juego no es sólo la relación entre hombres y mujeres, sino la posibilidad de construir espacios de convivencia donde el miedo no reemplace al respeto, y la sospecha no anule el diálogo.
Porque si todos somos culpables hasta demostrar lo contrario, ya no estamos hablando de justicia: estamos hablando de otra forma de opresión.